MIÉRCOLES 7: EL QUE NO RENUNCIA A TODO, NO PUEDE SER MI DISCÍPULO (Lc 14,23-33) Por: Nubia Celis, Verbum Dei

Después del discurso sobre los invitados que se excusan, Jesús vuelve a tomar la palabra: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”, y es que, no solo se equivocan los que rechazan su invitación, sino también, aquellos que dicen seguirle pero tienen el corazón comprometido con el mundo. Jesús nos advierte: “un corazón partido no puede ser feliz; el amor, o se da del todo o no es amor, no hay término medio”.

La radicalidad nos asusta: ¿quién puede vivirla? ¿Nos manda Jesús a odiar a nuestros seres queridos? ¿No podría él evitarnos la cruz y ofrecernos caminos más atractivos? ¿Quién puede entonces ser discípulo suyo? Seguramente, él nos respondería: “para ustedes es imposible, pero para Dios, no”. Para Jesús la renuncia a lo que se ama (o a quienes se ama) no es un desprecio masoquista; no se trata de negar nuestros sentimientos ni de tratar con indiferencia a nuestros seres queridos. La renuncia evangélica tiene un sentido más profundo: es el arte de amar “a lo Dios”, amar bien, siempre y a todos.

La renuncia evangélica es sinónimo de libertad. Cuando estamos atados a las cosas o a las personas, perdemos agilidad para abrir el corazón más allá de nuestros pobres sentimientos. ¡Cuántas relaciones fundadas en el mutuo egoísmo! ¡Cuántas negociaciones nos dejan en “bancarrota”: “estoy contigo porque me conviene”, “no me atrevo a negarte lo que me pides por miedo a quedarme solo”, etc.

Jesús nos pide renunciar para amar bien. Renuncia a las dependencias enfermizas, a los celos, a la tristeza, a menospreciar tus talentos, a irnos a la cama con amargura en el corazón, a “soportar” a los demás, a conformarnos con estar bien, a ser una familia más o menos feliz, a quedarnos en el mismo lugar sin buscar nuevos caminos para arriesgar y sacrificar.

La renuncia por amor, nos dignifica y hace más humanos. La cruz no nos destroza, nos enaltece, porque sufrir y darse consciente y libremente, nos asemeja a Dios, nos hace verdaderamente hijos. A la larga, ¿quién más feliz y más humano? El que para vivir necesita llenarse de cosas y afectos, o el que se vacía de todo porque la fuente de su felicidad la tiene solo en Dios?

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