12 febrero, 2020

Benito de Aniane, Santo

Benito fue hijo de Aigulfo de Maguelone; servía de escanciador al rey Pepino y a su
hijo Carlomagno. A la edad de veinte años resolvió buscar el Reino de Dios con todo
su corazón. Tomó parte en la campaña de Lombardía, pero, después de haberse casi
ahogado en Tesino, cerca de Pavía, tratando de salvar a su hermano, hizo voto de
abandonar el mundo por completo. A su vuelta a Languedoc, confirmó su
determinación por consejo de un ermitaño llamado Widmar, y fue a la abadía de SaintSeine, a veinticuatro kilómetros de Dijon, donde lo admitieron como monje. Pasó allí
dos años y medio aprendiendo la vida monástica y llegó al dominio de sí mismo por
medio de severas austeridades. No satisfecho con guardar la regla de San Benito,
practicaba otros puntos de perfección que encontró prescritos en las reglas de San
Pacomio y San Basilio. Cuando el abad murió, los hermanos estaban dispuestos a
elegirlo para que lo substituyera, pero no quiso aceptar el cargo, porque sabía que
había monjes que se oponían a todo lo que fuera reforma sistemática. Con este motivo,
Benito abandonó Saint-Seine y, al regresar a Languedoc, construyó una pequeña
ermita junto al arroyo Aniane, en sus propias tierras. Aquí vivió algunos años en
privación voluntaria, orando continuamente a Dios para que le enseñara a hacer su
voluntad. Algunos ermitaños, de los cuales uno era el santo Widmar, se pusieron bajo
su dirección. Ganaban su sustento con el trabajo manual, vivían a pan y agua, excepto
los domingos y grandes fiestas, cuando añadían un poco de vino o leche, si se los
daban de limosna. El superior trabajaba con ellos en los campos y algunas veces se dedicaba a copiar libros. Cuando el número
de sus discípulos aumentó, Benito dejó el valle y construyó un monasterio en un sitio más espacioso. Amaba tanto la pobreza, que
por mucho tiempo utilizó cálices de madera o vidrio o peltre para celebrar la misa, y si le daban ornamentos valiosos de seda, los
obsequiaba a otras iglesias. Sin embargo, posteriormente, cambió su modo de pensar sobre este punto, y construyó un claustro y
una majestuosa iglesia adornada con pilares de mármol, y la dotó de cálices de plata, ricos ornamentos; además compró libros para
la biblioteca. En breve tuvo muchos religiosos bajo su dirección. Al mismo tiempo, llevaba al cabo la inspección general de todos
los monasterios de Provenza, Languedoc y Gascuña, y llegó a ser, con el tiempo, el director y supervisor de todos los monasterios
del imperio; reformó a muchos con tan buen tino, que no encontró gran oposición.
El que principalmente recibió su influencia fue el monasterio de Gellone, fundado por San Guillermo de Aquitania en 804. Para
tenerlo a la mano, el emperador Luis el Piadoso obligó a Benito primero a habitar en la abadía de Maurmünster, en Alsacia, y
después, como todavía quería tenerlo más cerca, construyó un monasterio en el Inde, conocido más tarde como Cornelimünster,
a unos 11 kilómetros de Aquisgrán, residencia del emperador y su corte. Benito vivió en el monasterio, pero continuó ayudando a
la restauración de la observancia monástica por toda Francia y Alemania. A él se debe principalmente, la redacción de los cánones
para la reforma de los monjes del concilio de Aquisgrán en 817. En ese mismo año presidió la asamblea de abades para poner en
vigor el restablecimiento de la disciplina. Su estatutos, los Capitula de Aquisgrán, fueron añadidos a la regla de San Benito e
impuestos a todos los monjes del imperio. Benito también escribió el “Codex Regularum” (Código de Reglas), una colección de
todas las reglas monásticas existentes en su tiempo; compiló asimismo un libro de homilías para uso de los monjes, sacado de
las obras de los Padres de la Iglesia; pero su obra más importante fue la “Concordia Regularum,” la “Concordancia de Reglas,” en
la cual compara las reglas de San Benito de Nursia con las de otros patriarcas de la observancia monástica para mostrar su
semejanza. Este gran restaurador del monasticismo en el occidente, agotado por las mortificaciones y fatigas, sufrió mucho de
continuas enfermedades en sus últimos días. En 821 murió tranquilamente, en Inde, a la edad de setenta y un años. Grande como
era la energía e influencia de San Benito de Aniane, hay que admitir que su plan para una revolución pacífica de la vida monástica
no pudo ser llevado al cabo como él había proyectado. De acuerdo con Edmund Bishop, la idea que tenía Benito y su patrono, el
emperador Luis, era ésta: Todas las casas habían de reducirse a una uniformidad absoluta de disciplinas, observancia, y aun
hábito, de acuerdo con el modelo de Inde; se nombrarían visitadores para que vigilaran la observancia de la regla según las
constituciones. El nuevo plan sería lanzado en la asamblea de abades en Aquisgrán en 817. “Pero planear es una cosa,” el Sr.
Bishop agrega, “y llevar al cabo es otra. Es claro que en la asamblea general de abades, Benito, respaldado como estaba por el
emperador para conservar la paz y poder llevar a cabo reformas substanciales, tuvo que renunciar a muchos detalles de
observancia que él estimaba mucho. Parece que esto mismo afirma su biógrafo y amigo Ardo, quien había observado todo
personalmente. Sin embargo, los decretos de esta asamblea, de la cual era Benito al mismo tiempo autor, alma y vida fueron un
punto decisivo en la historia de los benedictinos, porque éstos formaron la base de la legislación y práctica posterior. Después del
gran fundador, Benito de Nursia, ningún otro hombre ha influido tanto en el monasticismo occidental como lo hizo el segundo
Benito, el de Aniane.” (“Liturgia Histórica,” 1918, pp. 212-213). Pocos de los entendidos en esta materia tienen tanto derecho para
opinar sobre la historia monástica del siglo nueve, como Edmud Bishop.